Innovación

Waymo llega en 2027: La trampa del debate ético y el verdadero impacto económico de la conducción autónoma

· 5 min read · Fabián Almenara

Waymo aterrizará en Madrid en 2027. Suele ser conflictivo hablar de esto. Pero soy de los que piensa que la conducción autónoma no evoluciona a la rapidez que debería. ¿El motivo? Nos hemos estancado en el debate equivocado. Basta ya del clásico dilema ético. Que si un coche autónomo decide estrellarse o atropellar a un peatón. O si prefiere atropellar a un anciano antes que a un bebé. Son conversaciones filosóficas basadas en sesgos que difícil solución o acuerdo tienen. Mientras perdemos el tiempo discutiendo esto, se nos escapa la verdadera magnitud del cambio. Porque la conducción autónoma no es una simple transformación en la forma en la que conducimos. Es un terremoto estructural en el modelo de negocio de nuestras ciudades. Hablamos de Uber. Taxis. Taxistas. Turismo. Hablamos de zonas de Parking. De la recaudación del IBI. De los impuestos municipales. Y muchos más. ¿Qué pasa con la cuenta de resultados de un ayuntamiento cuando desaparecen las multas de aparcamiento o se liberan millones de metros cuadrados de asfalto? Ese es el verdadero reto de gobernanza.

Waymo aterrizará en Madrid en 2027.

Suele ser conflictivo hablar de esto. Pero soy de los que piensa que la conducción autónoma no evoluciona a la rapidez que debería.

¿El motivo? Nos hemos estancado en el debate equivocado.

Basta ya del clásico dilema ético. Que si un coche autónomo decide estrellarse o atropellar a un peatón. O si prefiere atropellar a un anciano antes que a un bebé. Son conversaciones filosóficas basadas en sesgos que difícil solución o acuerdo tienen.

Mientras perdemos el tiempo discutiendo esto, se nos escapa la verdadera magnitud del cambio. Porque la conducción autónoma no es una simple transformación en la forma en la que conducimos. Es un terremoto estructural en el modelo de negocio de nuestras ciudades.

Hablamos de Uber. Taxis. Taxistas. Turismo. Hablamos de zonas de Parking. De la recaudación del IBI. De los impuestos municipales. Y muchos más.

¿Qué pasa con la cuenta de resultados de un ayuntamiento cuando desaparecen las multas de aparcamiento o se liberan millones de metros cuadrados de asfalto? Ese es el verdadero reto de gobernanza.

El miedo vende, los datos callan bocas

Hay informes por ahí que hablan simplemente de que los accidentes con coches autónomos se están incrementando. Simplemente por meter miedo.

Por supuesto que se incrementan en números absolutos. Si cada vez hay más en circulación, pues hay más probabilidad. Es pura estadística básica.

Pero de lo que poco se habla es de lo verdaderamente crítico: el porcentaje de muertes o heridos graves en proporción a los accidentes provocados por el factor humano.

Un estudio exhaustivo de la aseguradora suiza Swiss Re en colaboración con Waymo despeja cualquier duda: en más de 3.8 millones de millas recorridas, los vehículos sin conductor registraron una reducción del 100% en reclamos por daños corporales y un 76% menos de reclamos por daños a la propiedad frente a conductores humanos. A esto se suman los datos de seguridad del IIHS y la propia Waymo que certifican la drástica caída en la siniestralidad.

El humano se distrae, bebe, se cansa. La máquina, no.

La solución no es el coche, es la red

Lo que es seguro es que cuantos más coches autónomos haya y, sobre todo, se comuniquen entre ellos, el paradigma cambia por completo.

No se trata solo de ponerle sensores a un vehículo. Se trata de arquitecturas de comunicación V2X (Vehicle-to-Everything). Y lo más interesante es que los cimientos de esta disrupción no solo se están construyendo en Silicon Valley. Se están fraguando aquí mismo.

Empresas como Quintauris, un consorcio tecnológico con sede en Granada impulsado por los gigantes de la automoción, están definiendo el futuro. Desarrollan estándares abiertos basados en la arquitectura RISC-V para la industria automotriz. Crean el lenguaje y el hardware base para que esa comunicación entre vehículos sea global, estandarizada y segura.

El resultado de esta orquestación tecnológica es matemático: Habrá menos accidentes. Menos atascos. Menos coches.

Y menos... y menos...

El verdadero freno a la innovación no es la tecnología, somos nosotros y nuestra resistencia a repensar el modelo económico que la rodea.

¿Estamos listos para gestionar el impacto de la eficiencia absoluta, o seguiremos regulando desde el miedo?

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